Con motivo del día mundial de los animales, ayer, 4 de octubre, decidí que sería un buen momento para hacer un post acerca de los derechos de lo animales (que no he tenido tiempo de terminar hasta hoy). Si bien el tema es demasiado amplio para tratarlo de una manera tan breve, intentaré ponerlo sobre la mesa, tratándolo de manera clara y argumentada, para intentar aportar un pequeño granito de arena a la causa. A nuestra causa, la de todos los seres de la tierra.
Especismo
El desprecio hacia aquél que es individuo de una especie diferente se llama "especismo". Este término, acuñado en 1970 por Richard D. Ryder, consiste en el hecho de realizar una discriminación moral con respecto al resto de especies, dadas determinadas diferencias físicas. Sin embargo, dichas diferencias físicas entre los humanos y el resto de animales no pueden tomarse como fundamentación de la moral, porque estaríamos cometiendo, irremediablemente, una falacia al decir que los animales carecen de derechos (no son iguales en derechos) porque no son físicamente iguales: distintos físicamente no implica distintos en derechos. En el caso de los humanos, el extremo se llama "antropocentrismo moral" y tiene que ver con el desprecio hacia toda especie que no sea la humana. Su consecuencia más inmediata es el tratamiento del resto de animales (no olvidemos que el ser humano pertenece al reino animal) como propiedades que el hombre puede usar como le plazca.
En muchos casos, estos prejuicios a la hora de discriminar a los animales están basados en puras diferencias físicas, dado que pueden estudiarse los procesos que tienen lugar para la cognición animal (recomiendo este artículo para empezar a indagar). De hecho, cualquiera que haya tenido una mascota, que son los animales más cercanos a nosotros (en tanto domésticos), entiende cuando su mascota le pide comida, salir a la calle o cuando quiere lo que el humano que está a su lado tiene. En esto tenemos ejemplos claros de voluntad, inteligencia (si bien a un nivel precario y discutible, más o menos como la de un niño humano) y lenguaje, aunque éste sea distinto del nuestro. Nótese, en este punto, que un animal doméstico puede pedir comida cuando ésta no está en su plato. Ser capaz de "nombrar" algo en su ausencia es, irremediablemente, lenguaje.
Es más, si consideráramos que el ser humano es el único ser inteligente sobre la faz de la tierra, entonces tendríamos que preguntarnos cuál es el grado de estupidez que le lleva a destruirla, acabando, así, con su medio de vida. O cómo es posible que, arbitrariamente, los humanos hayan dado valor a un metal (a.k.a. "dinero") por encima de los medios que la tierra pone a su alcance, centrando en esto su felicidad. O el hecho de eliminar especies hasta su extinción pues "¡para qué sirven!". Esto no puede entenderse como muestra de inteligencia, al menos, a mi parecer.
Derechos de los animales
Desde la Antigüedad Griega encontramos defensas de los intereses de los animales. El ejemplo más claro lo tenemos en Pitágoras y su Escuela, quienes no comían carne animal al poder reencarnarse el alma tanto en humanos como en animales. De Pitágoras se dice que llegaba a comprar animales para liberarlos.
La ley del Antiguo Testamento recrimina el maltrato animal y postula un buen trato para los animales que nos alimentan y nos ayudan en nuestras tareas diarias. También el Corán pide que no se torture a los animales, aunque acepta que nos sirven de alimento.
Ya en la Edad Moderna, los animales son tratados, especialmente por el filósofo Descartes, como autómatas. No son capaces de sentir dolor ni tienen lenguaje (sólo responden a estímulos) ni conciencia. Pero, entonces, tampoco tienen alma, por lo que, al comportarse como máquinas, carecen de toda consideración moral (pues han de ser tratados como tal). Y, si sólo es una máquina, podemos hacer con él cuanto nos plazca.
Pese esto, pronto aparecerían, en Irlanda e Inglaterra, las primeras leyes de protección animal. Las primeras, en 1635, 1641 y 1654. Otro de los que argumentan por los intereses de los animales es Locke, quien, frente a Descartes, se opone a la crueldad contra los animales. Ya en la Ilustración, Rousseau también lo hará, en 1754, afirmando que hay que tratar a los animales como parte de la ley natural, puesto que sienten, como los seres humanos. Dice el ginebrino[1]
Parece, en efecto, que si estoy obligado a no hacer ningún daño a mi semejante, es menos porque es un ser razonable que porque es un ser sensible; casualidad que, por ser común a la bestia y al hombre, al menos debe dar a aquélla el derecho a no ser maltratada inútilmente por éste.
Los seres cuya existencia no descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, empero, si son seres irracionales, un valor meramente relativo, como medios, y por eso se llaman cosas; en cambio, los seres racionales llámanse personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos.
De esta manera, no es obligado hacer del hombre un filósofo antes de hacer de él un hombre; sus deberes hacia el prójimo no sólo están dictados por las tardías lecciones de la madurez; y en tanto no resista al impulso externo de la conmiseración, no hará daño nunca a un hombre ni a un ser sensible, salvo en el caso legítimo en que, estando comprometida su conservación, se vea obligado a darse preferencia. De este modo se terminan también las viejas disputas sobre la participación de los animales en la ley natural. Porque está claro que, desprovistos de luces y libertad, no pueden reconocer esta ley; pero como pertenecen en cierta manera a nuestra naturaleza por la sensibilidad de la que están dotados, se considerará que deben participar también del derecho natural y que el hombre está sujeto a ellos por alguna especie de deber.
[1] Rousseau, J.J., Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, prefacio, p. 188, RBA, Barcelona 2004.



