Mentir es una acción intencional. Cuando decimos una mentira, tenemos la intención de que el otro no sepa que le estamos mintiendo y de que nos crea.

Un mentiroso podría incluso decir la verdad para hacer creer a su interlocutor lo contrario. Por ejemplo, supongamos que vamos a ver a un joyero que tiene merecida fama de mentiroso. Para que le compremos una joya, puede decirnos "esto no vale nada, es pura hojalata", sabiendo que si nos dice que es oro puro, no le creeremos. Nos dice la verdad, pero nos hace creer que nos está engañando y, así, compramos la joya pensando que no quiere que la compremos porque en realidad vale mucho.

Así, lo único que hace falta para mentir con eficacia, es que no se reconozca la intención del que miente (es obvio que si supiéramos que tiene la intención de mentirnos, no le creeríamos y su mentira no sería eficaz).

Es difícil pensar que la mentira puede aplicarse a uno mismo si pensamos que, para poder mentirnos a nosotros mismos, se requiere una doble intención: en primer lugar, la intención de mentir, pues mentir es un acto intencional; y, en segundo lugar, la intención de que nosotros mismos no reconozcamos nuestra intención de mentir.

¡Pero no es posible que nosotros no reconozcamos nuestra intención de mentir si los que estamos mintiendo somos nosotros!

En ese caso, tendríamos que hablar de autoengaño. Y esto lo dejo para otro día.

Fuente: Davidson, D., “Who is fooled”, en Problems of Rationality, pp. 213-230, Clarendon Press, Oxford, 2004.